Fortalezas

Y si en lugar de acostumbrarme a las miradas, los piropos y las intimidaciones, hubiese ganado tiempo entrenándome para soltar dos hostias a quien me mirara, me piropeara o me intimidara. Mi vida hubiera sido diferente, también mi percepción de mi misma y ahora gozaría de una fortaleza que la diosa sabe dónde quedó enterrada, sin germinar siquiera.

Y si en lugar de esperar a que un tipo me llamara o quisiera iniciar algo bonito conmigo, hubiera ido en busca de mis sueños yo sola, tomando trenes, sorteando desniveles, escalando montañas, cruzando desiertos y parando a repostar (a vivir) en aquellos lugares donde se me diera mi sitio. Solo en aquellos.

Y si en lugar de pensar que no era lo suficiente para éste o para el otro, que no era lo suficientemente inteligente, o lo suficientemente guapa, o lo suficientemente divertida, hubiera estudiado mucho, muchísimo el temperamento de la naturaleza, la vida de los animales, el movimiento de los planetas, la aritmética de la música, el mecanismo del cerebro de los primates y todas aquellas maravillas que ahora se me escapan y añoro como si alguna vez hubiera existido la posibilidad de formar parte de ellas.

Y si en lugar de pensar que no era capaz de hacer ésto o lo otro, y creer a los que confirmaban esa idea malsana con sus palabras o su forma de mirarme, hubiera echado a correr entre los edificios que me cerraban sus puertas y ventanas, hasta llegar a ese lugar inhóspito, lejos del humo negro de la ciudad, en el que mis piernas ya hubieran estado preparadas, fuertes, para pisar la condescendencia desaprensiva.

Y si en lugar de dar la razón a los que no creyeron en mi, hubiera creído en mi.

Alice Munro es un ama de casa que aprendió a escribir en sus ratos libres y nunca lo dejó. Ni siquiera cuando se convirtió en la Chéjov canadiense. Ni siquiera cuando ganó el Premio Nobel de Literatura. Algunos de sus libros se han publicado hace pocos años, a pesar de llevar escritos mucho tiempo, y su fama mundial es relativamente temprana. Sin embargo, es escritora desde niña. Solo hay que leer sus cuentos.

Cuando lees a Munro, cualquiera de sus pasajes te parece que merece ser recitado, subrayado, compartido al mundo entero. Quieres salir al balcón y gritar cada frase, porque todo lo que escribe es maravilloso, preciso y precioso. Todo lo que escribe tiene alma. Realidad. Los personajes de sus cuentos son tiernos, aunque manejan un costumbrismo hiriente, a veces violento y sus mujeres, ay, sus mujeres, las mujeres de sus cuentos aspiran a una independencia que suele llevarlas a la soledad y el descrédito. Son inteligentes y capaces, son divertidas, llevan pantalones y fuman. Caminan fuera del texto.

A veces, Alice se sentía desalentada, seguramente porque nadie la alentó, pero nunca se rindió y siguió escribiendo. Cuando estaba en el instituto, en Ontario, una profesora le dijo: «No puedes ir por ahí creyéndote mejor que el resto solo porque puedes aprender poemas de memoria. ¿Quién te crees que eres». El pasado marzo se publicó un libro de cuentos inédito titulado “Quién te crees que eres”.

Alice cree en ella y quiere que sus cuentos conmuevan. Y eso es precisamente lo que hacen sus cuentos. Conmover.

La vida de las mujeres

«Mi amor no se esfumó del todo al cambiar la estación. Mis fantasías continuaron, pero se inspiraban en el pasado. No tenían nada nuevo de que nutrirse. Y la nueva estación trajo consigo un cambio. Me parecía que el invierno, y no la primavera, era la estación del amor. En invierno, el mundo habitable era mucho más angosto: fuera de ese pequeño espacio cerrado en el que vivíamos podían aflorar esperanzas fantásticas. La primavera, en cambio, dejaba al descubierto la vulgar geografía del lugar: las largas carreteras marrones, las viejas aceras desquebrajadas, las ramas de los árboles partidas durante las tormentas de invierno que había que retirar de los patios. La primavera revelaba las distancias tal como eran».

Alice Munro.

A ver si deja de valer

Echo en falta los desnudos integrales masculinos en el cine, en la pintura, en la literatura, en el teatro, en la publicidad… No tanto para satisfacer mi libido, sino como prueba de que realmente hemos avanzado en esto de la igualdad de género. Sí, claro, existen los desnudos integrales masculinos, pero se dan, sobre todo, en el ámbito homosexual. En el mundo de los heteros (que es un poco en el que me muevo yo), la cosa de los desnudos no está compensada.

Desde muy pequeña, he tenido que escuchar, incluso en boca de mujeres, que el cuerpo de la mujer es, sin discusión, más bello que el del hombre. Que es más sensual, más armónico, más estético. Siempre me opuse a tal afirmación, normalmente de manera silenciosa, como a veces se hacen las revoluciones, pero otras lograba vocalizar que eso no era así y que a mi me gustaban muchos cuerpos masculinos. Supongo que entonces lo decía porque me sentía atraída por los hombres y, por pura lógica, sus cuerpos me parecían más bellos. No todos, obviamente, pero sí en líneas generales. Pero también creo que me empeñaba en esa afirmación, porque sabía que si cedía al pensamiento esencialista de que el cuerpo de la mujer es más bello, estaba cediendo terreno al maniqueísmo, al pensamiento único y, sobre todo, al machismo. No era entonces una resistencia consciente, sino intuitiva, pues yo era muy joven para saber qué era el esencialismo o el machismo, pero era una resistencia férrea. Como muchas otras que me hacían distanciarme de mis «semejantes».

Igual no es tan importante para la historia de la humanidad determinar qué cuerpo es más bello, en esencia, pero igual sí ha sido un error considerar que el de la mujer es más bello. Porque, a partir de aquí, todo vale. Valen los desnudos integrales de mujeres en el cine, metidos con calzador en el guión. Valen los anuncios en los que el cuerpo de la mujer se usa como reclamo y mercancía. Vale que cualquier desconocido pueda decir a cualquier mujer por la calle lo bonita que le parece o el maravilloso culo que tiene. Vale que modelen el cuerpo de las mujeres con photoshop. Vale que vendan todo tipo de productos cosméticos milagrosos para evitar todo signo humano y/o de envejecimiento en las mujeres. Vale considerar una condición sine qua non la belleza en la mujer para cualquier actividad e, incluso, para la vida. Vale la invisibilización de las mujeres que no cumplen un canon de belleza (a veces, incluso, vale la invisibilización de las que sí lo cumplen, pero no cumplen otros requisitos). Y así un largo ectétera que llega hasta cuestiones mucho más sangrantes.

Yo iba a empezar este post así: «A Patricia Highsmith se la conoce como una mujer fea, a pesar de que fue muy bella en su juventud. Y yo, casi me alegro de que se volviera alcohólica y su físico (junto a su carácter) se agriara, porque, al menos, se libró de lidiar con babosos». Sin embargo,  me resistí a alimentar al monstruo y a contribuir a una idea que detesto y decidí evitar ese párrafo (ahora lo menciono solo como ejemplo). Porque da igual los siglos que pasen, a una mujer, haga lo que haga (ya puede subir a la luna o ser pionera en el campo de la radiactividad) siempre se la va a relacionar con su físico de una forma esencialista. Es decir, en esencia, chica, eres un cuerpo, una forma de caminar, de vestir, de peinarte, de provocar o no provocar con tus movimientos. Un hombre puede decidir si quiere explotar su imagen o sexualizarla. Una mujer no. La van a explotar y sexualizar siempre. Un hombre puede decidir depilarse, una mujer no, pues, aunque ya hay valientes que deciden no depilarse, la presión social sobre nuestros cuerpos goza de buena salud.

Otro ejemplo. Al buscar imágenes para este post en Pixabay e indicar «belleza masculina» me han aparecido imágenes de caballos, hombres maduros vestidos, parejas de ancianos, hombres esquiando… al indicar «belleza femenina» la mayoría de imágenes son de mujeres muy jóvenes, a veces niñas, sexualizadas.  Y todo esto sucede porque el cuerpo del hombre, en esencia, no es bello y su misión en la vida no es adornar, pero el de la mujer sí. Así nos lo han vendido y lo seguimos comprando como un dogma de fe. Un dogma que se nutre con las nuevas generaciones, que permanece y que tiene adeptos en todo este ancho mundo.

Solo espero que también tenga cada vez más detractores.

 

 

Cena de amigas

Se llamaba Ana y su estatura era inversamente proporcional a su agudeza y entusiasmo. No necesitaba ser alta para destacar, porque era lista. Como Noelia, que con un par de frases es capaz de hacer germinar el gusanito de la curiosidad en cualquier mente inquieta.

Eva nació en Fez hace 58 años y acaba de publicar «Happycracia», un ensayo en el que nos alerta, una vez más, de la preocupante reactivación de la individualidad. Ana hizo que una obtusa mente de letras se interesara por el universo cuántico. Consiguió que esa mente amara los teoremas y se planteara cuestiones hasta entonces inadmisibles y, para colmo, complejísimas. Es por culpa de Ana que ahora esa mente considera la ciencia como la más mágica de las disciplinas.

Noelia es absolutamente consciente de la mierda de mundo que tenemos, son palabras suyas y la razón está de su lado. Al igual que Eva, conserva una mirada marxista y es elegantemente dura con todos los vicios que nos ha impuesto el capitalismo. Marina es partidaria de cambiar el lenguaje instituido para multiplicar las voces y los mundos. Habla del sexismo del lenguaje, se refiere a él con fiereza, apuntando con el dedo la violencia que emana de su relación con el poder.

Las cuatro son mujeres que trabajan activamente por hacer de este mundo sin futuro un lugar mejor, no solo en el futuro, sino también en el presente. De alguna manera, las cuatro son idearias y herederas del 15M, aquél movimiento que surgió en mayo del 2011 y que sigue agrietando los cimientos más casposos de este país.

En Happycracia, Eva aporta su visión sociológica sobre el mercadeo al que el capitalismo somete a las emociones y denuncia el YO, MI, ME, CONMIGO en bucle en el que estamos instaurados.

Hay una quinta mujer, Roxane Gay, que dice que es mejor ser una mala feminista que no serlo en absoluto.

Eva, Noelia, Marina y aquella profesora de Filosofía de la Ciencia. Ah, y Roxane. Hoy cenamos juntas, las seis.

«En la actualidad existe un rango muy amplio de elección. Hay una hipersexualización de las relaciones, una asimetría entre hombres y mujeres porque los hombres dominan el mercado de la elección de pareja. El varón dispone de una muestra de la cual sacar una pareja mucho más amplia que las mujeres y es por eso que tienen dominio sobre la elección». Eva Illouz. Socióloga.

«El liberalismo no nos hizo más libres ni contribuyó a la emancipación de las mujeres. A lo sumo propició una toma de conciencia de que éstas eran seres sexuados y que tal cosa tenía unas consecuencias sociales y políticas y no otras. Las que tenía eran en todo caso funcionales y parte del orden liberal». Noelia Adánez. Doctora en Ciencias Políticas y Sociología.

«Hace 25 siglos, en Grecia, una serie de voces se alzaron contra esta forma de dogmatismo. Los filósofos, que no se fían ni de sus propias opiniones, plantearon una distinción importante: que todo el mundo desee saber y pueda hacerlo no significa que todas las opiniones valgan. Poder pensar y poder decir significa, precisamente, poder someter nuestras opiniones al examen de una razón común, es decir, de una común capacidad de razonar acerca de ellas». Marina Garcés. Filósofa.

Feminismo radical

El 8 de marzo de 1857, un grupo de trabajadoras textiles decidió salir a las calles de Nueva York para protestar por las míseras condiciones laborales.

100 años después, en noviembre 1957, se lanzó al espacio el primer ser vivo. Era hembra y se llamaba Laika. En 1962, Valentina Tereshkova fue elegida entre 400 candidatas para cruzar el espacio en una de las naves Vostok y el 16 de junio de 1963 despegó de la base Vaikonur. Se convirtió, así, en la primera mujer en viajar al espacio, después de que lo hicieran varios hombres tanto en Rusia como en Estados Unidos. Valentina dio 48 vueltas a la tierra y estuvo en el espacio dos días. Su viaje se usó con fines propagandísticos comunistas, pero Valentina no aceptó que aquello solo hubiera sido un viaje propaganda, ya que se preparó para ello de forma exhaustiva y fue una misión que le pudo costar la vida.

166 años antes, el 30 de agosto de 1797, nacía Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida por Mary Shelly. Era hija de una de las primeras feministas, la filósofa y escritora Mary Wollstonecraft, autora de “Vindicación de los derechos de la mujer” y de uno de los primeros anarquistas, el filósofo William Godwin.

Por la casa de Godwin pasaban poetas, filósofos e inventores, por lo que Mary conoció de primera mano a la intelectualidad de la época. Escuchaba con asiduidad a poetas e inventores y su padre la llevaba a conferencias sobre electricidad. Todo ello dejó huella en su obra más famosa “Frankenstein o el moderno Prometeo”, que eclipsó a la propia autora y al resto de sus obras durante años. Según algunos historiadores, Mary usó la ficción gótica para explorar el deseo sexual femenino reprimido y escondió, tras las imágenes ficticias de Frankenstein, su miedo y su vergüenza a considerarse una escritora de verdad.

En septiembre de 1179, 618 años antes, nacía Hildegarda de Bingen, la primera abadesa que habló de liberación sexual femenina. El feminismo más prematuro se debe a sus ideas revolucionarias sobre medicina,  música, política o sexo. En su época, solo había tres destinos para una mujer: esposa, religiosa o sirvienta, por lo que tuvo suerte de que sus progenitores tuvieran para ella un destino monacal. Solo así pudo instruirse y gozar de cierta libertad. No aparece en muchos libros de texto, pero se convirtió en una de las figuras más influyentes de la Edad Media, a pesar de disimular su talento y su sabiduría para «aplacar las posibles iras masculinas».

Tres mujeres, tres épocas y tres legados más que hay que visibilizar, recordar y poner sobre la mesa de debate en la semana del día Internacional de la Mujer.

Vindicación de los derechos de la mujer

«Quiero al hombre como compañero; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende hasta mí, a no ser que la razón de un individuo reclame mi homenaje; e incluso entonces la sumisión es a la razón y no al hombre. De hecho, la conducta de un ser responsable debe regularse por las operaciones de su propia razón,
si no ¿sobre qué cimientos descansa el trono de Dios?».

Mary Wollstonecraft

Melancolías

Dolores Devesa fue una mujer privilegiada. También lo fue María Teresa León. Ambas nacieron en el seno de familias acomodadas. Dolores estudió en el Liceo Francés de Barcelona en una época complicada para España y María Teresa en la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, titulándose en Filosofía y Letras.

Ambas tuvieron acceso a la cultura desde muy pequeñas. Para Dolores, el cine fue su pasión. Para María Teresa lo fue el teatro y el activismo político. Dolores fue Jefa de Documentación de la Filmoteca Española y una de las investigadoras más relevantes de su época. María Teresa fue una de las impulsoras de la Alianza de Intelectuales Antifascistas durante la Guerra Civil y es autora de ‘Memoria de la melancolía’, una de las mejores obras de memorias de su generación. Además, fue la encargada de evacuar los cuadros del Museo del Prado cuando bombadearon Madrid en noviembre de 1936.

A pesar de su cuna privilegiada, ambas mujeres han permanecido a la sombra incluso de su importante legado cultural y político.

Este año, la Filmoteca homenajea a Dolores programando cinco de sus películas favoritas, en una de ellas trabajó como documentalista: ‘Soldados de Salamina’. Además, la biblioteca de la Filmoteca Española, que ella puso en marcha en 1976, pasará a llamarse Biblioteca Dolores Devesa. Por su parte, María Teresa ha subido a los escenarios de la mano de Susana Hornos y Carolina Román, en una obra de teatro que homenajea su figura : ‘María Teresa y el león’.

Dos melancolías invisibilizadas que ahora, en este siglo XXI, logran asomarse al mundo que un día dejaron huérfano para demostrar que no fueron musas, sino artistas.

Memoria de la melancolía

«La memoria puede tener los ojos indulgentes, Ya no llegan a nosotros los ruidos vivos sino los muertos. Memoria del olvido, escribió Emilio Prados, memoria melancólica, a medio apagar. memoria de la melancolía. No sé quién solía decir en mi casa: hay que tener recuerdos. Vivir no es tan importante como recordar. Lo espantoso era no tener nada que recordar, dejando detrás de sí una cinta sin señales. Pero qué horrible es que los recuerdos se precipiten sobre ti y te obliguen a mirarlos y te muerdan y se revuelquen sobre tus entrañas, que es el lugar de la memoria».

María Teresa León

 

 

El silencio de las sirenas

Adelaida García Morales escribió un relato titulado ‘El Sur’ que su marido, director de cine, convirtió en una conmovedora obra maestra. De sobra son conocidos los rifirrafes del director y el productor a consecuencia de la interrupción abrupta del rodaje por motivos económicos. La película, a ojos del director, es una obra inacabada y no representa el relato que le fue entregado por Adelaida.

Entre tanto, ella, Adelaida, siguió existiendo, parió, fue esposa y no dejó de escribir. A su novela ‘El silencio de las sirenas’ está cosido el Premio Herralde de 1985. Más allá del rodaje de ‘El Sur’ y más allá de la fama de su marido y de otros escritores hombres que la adelantaban en género, una mujer de sensibilidad expuesta y, por tanto, inadaptada, siguió. Aunque su literatura no tuvo la proyección que hubiera tenido de ser un hombre, siguió.

Dos años después de su muerte, en 2016, otra mujer, Elvira Navarro, escribió una novela inspirada en la escritora olvidada. El marido de Adelaida consideró que Elvira se había apropiado del nombre y la vida de su mujer para escribir una novela que no la dejaba en buen lugar. Elvira, a pesar de las críticas, publicó la novela y aseguró que no se había apropiado de la vida de nadie, que únicamente se había inspirado en ella para crear un personaje.

La novela de Elvira Navarro quizás visibilizó a una escritora que estaba condenada al olvido, aunque a su marido, su viudo, el  hombre, no le pareció bien el uso que hizo de su imagen y de su nombre. Quizás a la propia Adelaida nunca le interesó el éxito en vida ni ser recordada tras su muerte, o quizás, presa de una humildad aprendida, se empeñó en no ser ni permanecer.

La lógica del vampiro

«Mi vida era demasiado ordenada para que cupiera en ella lo imprevisto. Vivía sola, pero eso hacía tiempo que había dejado de ser una insuficiencia. Visitaba de tarde en tarde y siempre a los mismos amigos, daba clases de Geografía en un colegio y creía haber perdido toda curiosidad por personas desconocidas. La monotonía y la disciplina regían todas mis horas, no había en ellas resquicio alguno para el aburrimiento, ni tampoco para la autocompasión. Pero cualquier forma de sorpresa hacía tambalear mi precario equilibrio.“

Adelaida García Morales

 

Poor is the woman whose pleasures depend on the permission of another

En ‘La verdad de los domingos’, Juan Bey nos llama mentirosos e hijos de puta. Al público. También se lo llama a sí mismo. Llegar a una conclusión así no es fácil y, sobre todo, no es cómodo. Si no tienes mucha costumbre de ir a ver obras de teatro que se salen fuera del circuito comercial, te puedes revolver en la butaca y pensar «¿Me he gastado 12€ para que este tipo me llame mentirosa e hija de puta?» Pero si conoces el teatro y sabes que es incómodo, que tiene, sobre todo, que espetar y despertar conciencias, sonreirás y pensarás «Joder, qué bueno».

En cierto modo, llegar a esa conclusión y saber que has llegado es importante, aunque solo sea por el recorrido que debes hacer en tu trayectoria personal. Recorrido que incluye muchas preguntas sobre quién eres y cómo has llegado hasta aquí (hasta el momento presente en el que te encuentras como sea que te encuentres). Después, ya si eso, se puede desandar lo andado.

En su monólogo, Juan Bey nos dice que nadie está libre de contribuir a una sociedad hipócrita. Cada uno de nosotros por separado y, sobre todo, cuando nos juntamos para hacer cosas, hacemos de este mundo un lugar peor. Sin embargo, deja un pequeño espacio para algo que puede denominarse amor, pero que al final no aclara muy bien qué sentido tiene en toda la historia.

Existe otra teoría leída en otros libros, expulsada de otras mentes con otras experiencias y otras formas, por tanto, de ver el mundo, que nos dice exactamente lo contrario: que la mentira, a veces, es necesaria, y, sobre todo, que puede evitar males mayores. Que el mundo no es tan malo ni nosotros somos tan horribles y que hacemos lo que podemos para sobrevivir.

Yo me pregunto ¿es suficiente con la intención de hacer lo que se pueda? Y también me pregunto ¿hay que mentirse a si mismo para sobrevivir al desaliento? Y la última pregunta que tengo respecto a esto es ¿no hay mentiras que son absolutamente relativas? Es decir, que dependen de un momento determinado, incluso, de un espacio determinado y que fuera de ese momento y ese espacio dejan de ser mentiras.

En la película de Hirokazu Kore-eda ‘Un asunto de familia’,  las mentiras son un refugio y casi la única posibilidad de salvarse del frío y de la soledad. La belleza con la que Hirokazu teje la red de personajes que conforman su particular familia, nos hace preguntarnos por lo que importa.  Por lo que importa de verdad, aunque sea mentira.

Elena Fortún nació en una época en la que tuvo que mentir para sobrevivir. La mentira de su condición sexual no le reportó, sin embargo, ninguna felicidad, pero tampoco lo hubiera hecho la verdad. Se casó con un hombre al que no quería y soportó desde niña que la consideraran rara por sus inquietudes intelectuales. Inquietudes que espantaban a los posibles pretendientes que no las quieren demasiado listas. Hubo una época en la que la mujer no tenía permitido ser inteligente ni tener inquietudes artísticas, científicas o intelectuales. Una época muy larga. Por eso ahora los libros de literatura, de ciencias, de historia o de filosofía no contienen nombres de mujeres. No porque no las hubiera, sino porque, como no estaba permitido, permanecieron en la sombra.

Elena Fortún escribió en los años treinta una novela titulada «Oculto sendero». Antes de morir entregó el manuscrito a una amiga para que lo destruyese, pero ésta no lo hizo. La novela iba dedicada a «todos los que equivocan su camino y aún están a tiempo de rectificar» y es un crudo testimonio de lo que fue su vida. Una vida en la que tuvo que ocultar, casi todo el tiempo, sus deseos y pensamientos. Su identidad. La novela se publicó en 2016, más de ochenta años después.

Oculto sendero

¡Qué niña esta! —se lamentó mamá, dirigiéndose a Jorge—. ¡No tiene usted idea de lo que he sufrido con ella! Ha sido un chicazo desde que nació… Como yo estuve tan malita al dar a luz, pasó más de media hora después de nacer sin que pudieran atenderla y todos decían: ¡es un niño!, ¡es un niño! ¡Tales berridos daba…! Y luego eso mismo me he tenido yo que repetir muchísimas veces. ¡Es un chico! ¡Es un chico…! Sin embargo, luego tiene cosas de niña tonta…

Elena Fortún

 

 

 

500 libras al año

El otro día escribí un artículo de 431 palabras. No fue por gusto esta vez, fue una prueba para demostrar ante un tercero (un software, seguramente, o un influencer) que soy capaz de redactar un texto de 431 palabras sobre un tema cultural, con un español neutro, sin faltas de ortografía e incluyendo cuatro palabras específicas relacionadas con el tema elegido. El tema lo elegí yo: cultura. El subtema y las palabras específicas no: Clásicos de la Literatura española.

El artículo empezaba así:

«La lectura ya no se considera tan solo una afición, como tampoco lo son asistir a una obra de teatro o ver una película. Más allá de su papel de distracción, estas tres actividades forman parte de los pilares fundamentales de la cultura de un país. Un libro, por tanto, no es solo un conjunto de hojas grapadas llenas de palabras que cuentan una historia. Un libro es una declaración de intenciones (no solo del autor, sino también del lector) y leer es, en sí mismo, un acto de resistencia. Por eso, al comprar un libro estamos contribuyendo a algo mucho más trascendental que una mera transacción comercial, igual que al elegir qué leemos. Decidir qué leer no es tarea baladí. Ante la duda, lo mejor es decantarse por un clásico de la literatura española. Todos ellos han trascendido a su tiempo y han llegado hasta el nuestro por algo más que buenas críticas. Son obras de una riqueza cultural que ha quedado como testimonio, no solo de nuestra literatura, sino de nuestra historia y de nuestra idiosincrasia. La mayoría de ellos son populares por sus títulos, pero no siempre el lector se ha atrevido a adentrarse en sus páginas. Proponemos un acercamiento para los que aún no los conocen y una revisión para aquellos que ya los hayan tanteado en alguna ocasión. En ningún caso defraudan. La lista es tan basta que debemos hacer una pequeña selección a modo de aperitivo, a partir de la cual cada lector pueda continuar explorando. Cada libro es una rama que lleva a otra y a otra y a otra»

A partir de aquí, doy una lista de autores y novelas que yo considero imprescindibles y que, además, me he leído. Cervantes, Baroja, Quevedo, Zambrano, Chacel, Matute, Laforet…

El artículo pasó la prueba y ya puedo decir que soy redactora freelance. ¿Esto significa que los arcoiris han llegado para quedarse? No. ¿Sabéis lo que pagan por un artículo de 500 palabras? 2,60€. 3€ si tienes suerte (así que en mi caso serían 2,60€), de lo cual podemos deducir que para vivir de redactora freelance tendría que:

-Escribir 24 horas al día arriesgándome a padecer para siempre: dolor de metacarpo, 10,25 dioptrías en cada retina, problemas de cervicales, mala digestión, cáncer de colon y degeneración muscular.

O, en su defecto,

-tener un familiar muy rico, que este familiar muera, ser yo su preferida y que me dejara una buena asignación mensual, como le ocurrió a Virginia Woolf.

Yo tengo una habitación propia, lo que no tengo es lo otro.

Elena Ferrante no estaba en mi lista de clásicos, porque no es literatura española, sin embargo, en su novela «La amiga estupenda» (primera de la tetralogía Dos amigas), da muchas pistas de cómo hacerse rica. Bueno, en realidad no, son solo fantasías de dos niñas en el preludio de la adolescencia que sueñan con salir del barrio napolitano en el que se han criado y regresar como unas señoras. Con coche y todo. Me pregunto si Elena Ferrante fue alguna vez redactora freelance y se dejó el cuello y la vista escribiendo artículos de 500 palabras a 2,60€.

Hay muchas escenas de la novela (la leo y la concibo en escenas, como si fuera una película) que me resultan muy familiares, como si yo ya las hubiera vivido. Como si yo ya hubiera tenido doce años (y trece), y me hubiera criado en un barrio pobre del que me moría por escapar. Incluso, me identifico un poco Lenú, la narradora. Lina, su amiga, parece tremendamente lista y tengo una curiosidad bárbara por saber qué será de sus vidas en el transcurso de las próximas páginas. ¿Se convertirá alguna de ellas en redactora freelance y escribirá artículos de 500 palabras por 2,60€?

Espero que no.

Una habitación propia. Capítulo 2

Mi tía, Mary Beton —dejadme que os lo cuente—, murió de una caída de
caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia me
llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les
concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al
abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año
hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo
confieso, me pareció de mucho la más importante. Hasta entonces me había
ganado la vida mendigando trabajillos en los periódicos, informando sobre una
exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo
sobres, leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales,
enseñando el alfabeto a niños pequeños en un kindergarten. Éstas eran las
principales ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918.

Virginia Woolf

Mirar las hormigas

Últimamente solo veo gente moviéndose. Gente que hace cosas. Muchas. Cuantas más mejor. O, más que hacerlas, las muestran. Viajan, emprenden, van a eventos, se aman desaforadamente, pintan, bailan, esculpen, fotografían todo, van a conciertos, o peor, tienen una banda y ensayan, se relacionan en explosiones de diez segundos, hablan rápido, no escuchan (solo asienten como si) cenan en grupo, compran, vuelven a viajar. Quedamos hoy, venga, rápido que tengo prisa. Mañana no, mañana no puedo, tengo curso de cerámica y luego voy a una sesión de coach y luego vuelvo al trabajo y luego he quedado en pasarme por casa de Pepe, y luego quedé con un grupo de treinta personas para cenar, gente sana, por supuesto, y luego a bailar por ahí y luego madrugo y luego… ¿Y tú qué haces? ¿A qué te dedicas? Vaya, qué poco interesante, no haces nada y ni siquiera inventas que lo haces. No me interesas. No tengo tiempo de mirar las hormigas sentado en el balcón. La vida es para los valientes y los masterchefs.

Cada cosa que escribo aquí está relacionada con algo que he leído anteriormente. Intento poner el foco en el autor o en su obra, o en ambas. Cuando digo «obra» me refiero a lo que hace y lo que hace puede ser solo una cosa, o ninguna. Me gusta, además, que sea solo una. Ya estoy un poco cansada de tanto pluriempleado y tanto hiperactivo.

Bajo estas letras, descansan las palabras recientemente leídas del poeta Rafael Espejo, quien considera revolucionaria la pereza y la lentitud. Espejo dice  “La imagen de alguien recostado en el sofá con la tele apagada, sin producir ni consumir, suele poner nerviosa a la gente”. Y tiene razón. Es como cuando comentas que hace años que no compras ropa y que cuando lo haces vas a la misma tienda de segunda mano de siempre. O como cuando dices que no quieres una gran casa ni un gran coche y que huyes de los hombres que muestran sus patologías materiales. Es como cuando confiesas que no te interesa tener un gran sueldo, ni viajar a los Fiordos. Te miran raro.

En el mundo de lo abundante, algunos nos alejamos conscientes de que tal alejamiento produce monstruos, pero agradecemos el estar aquí, aunque no entendamos nada.

MADRIGUERA

Al alba, con el sol, la humareda
subía de la tierra como el vaho de un horno.
Carlos Martínez Rivas

Desde las mantas,
como el vaho de un horno,
sube su aliento rancio en la mañana:

huele a barro
el regusto lechoso y fermentado
de su sueño en la boca.

Con hilillo de baba
seca en la comisura de sus labios

y un sudor aceitoso surcándole la piel.
Las greñas enredadas.

(¿No desean lamerla, retozarse con ella
como serpientes entre hierbas altas?)

Así la quiero yo: hedionda,
envuelta en la placenta de los días;
presta para nacer entre mis brazos
con las primeras gotas de una luz
que la persiana filtre
macerando sus ojos.

Así. Pura mujer. Sin trampas.
Pestilente. Fluvial.
Inmaculada.

Rafael Espejo

Ya no voy a discutir de feminismo con nadie que no se haya leído, al menos, “Una habitación propia” de la Woolf.

woman reading a book
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Una joven sevillana de 20 años ha ganado un prestigioso premio de poesía. De poesía joven. Estudia el Grado de Literaturas Comparadas en la Universidad de Granada. Y vuela. Escuchando sus poemas se me hace difícil imaginar que es joven, que es “tan” joven, porque su experiencia poética se aleja de la experiencia que yo supongo a una joven de veinte años de hoy. De hoy o de hace veinte años. Y hace veinte años yo tenía algo más de veinte y sé de lo que hablo, porque también volé.

El poemario gira en torno a la verdad y a la mentira y también dibuja la figura de la mujer como ciudadana del mundo. Se llama Rosa y cuando recita, con ese dulce acento del sur, su voz ilumina los callejones oscuros. Aquellos por los que algunas caminamos con miedo y cargando el peso de veinte más veinte más…

Una joven de 20 años ha escrito un poemario en el que habla de su experiencia como ciudadana mujer. Con 20 años hay mujeres que ya se cuestionan. Hace 20 años yo también me cuestioné y me clavé muchas astillas. Algunas siguen ahí, fundidas con mis células. Yo tampoco tuve los 20 años que se le suponen a una joven de 20 años. ¿Qué es ser joven? Me interesaba la poesía, la literatura, Benazir Bhutto, Giambatista Vico, Kepler y los elefantes. Me interesaba el feminismo, pero no sabía que se llamaba así. Ahora que el feminismo dicen que está de moda es cuando más se ataca, pero también hay jóvenes de 20 que se atreven. Escriben, publican y recitan para que su voz sea un eco babilónico que llegue a todos los templos. Incluso a aquellos en los que prohibirían la entrada a una mujer. Sobre todo a aquellos.

Se llama Rosa y no sabe si quiere tener hijos. Ama a Lorca (quién no) y parece que susurra cuando habla de sus cosas y las nuestras, pero no: grita.

DESEO

Mira: tu deseo cuelga del trapecio
Adam Zagajewski

Niña que no reconoce su cuerpo
comienza a sentir cosas algo extrañas:
hormigueo, mal carácter, un intenso dolor
en los dos pechos.

Empieza a estar celosa y afilada,
por los cuerpos ligeros de otras niñas,
por su pelo sedoso, por la noventa c
que guardan en cajones.

Es demasiado pronto para hablar del amor
aunque ella sabe ya qué es lo que busca
y adónde irá a buscarlo:
un amor que se llame asimetría,
y que dure lo justo
para ser consumido sin reparos.

Niña que no reconoce su cuerpo
observa con vergüenza,
frota con agua fría
las diferentes manchas de su ropa.

Desde el trapecio el hambre tiene la forma
simple de unas bragas.

El futuro en los posos de colores
de las niñas que sangran
como niñas.

Rosa Berdel